Por César Ocaña Romo.
Fuente: www.agrorural.com.mx
El problema del precio del becerro ya rebasó el tema “del norte”. La discusión escaló a nivel nacional y se plantea una respuesta de política pública: un plan con recursos para impulsar engorda y producción de carne como reacción al cierre de exportación de ganado en pie, con una bolsa federal de 2,181 millones de pesos, con énfasis en Sonora, Coahuila, Durango como principales beneficiaros.
¿Por qué una decisión sanitaria en la frontera se vuelve agenda país? Porque cuando se restringe la exportación a Estados Unidos por una razón sanitaria -como es el riesgo asociado al gusano barrenador- no solo pierde el norte exportador: el mercado interno recibe ganado adicional y el ajuste ocurre con el canal más rápido: precio a la baja y presión de liquidez. Los precios del norte se homologan a la baja con los del centro del país, mientras entra presión adicional por flujos legales e ilegales de ganado desde Centroamérica, y aquí aparece la conversación de “integrar la cadena” para mejorar la rentabilidad del ganadero.
El tamaño del mercado explica por qué la discusión no puede quedarse a nivel regional. México produce cada año entre 8.7 y 12 millones de becerros; de ese universo, entre 1 y 1.5 millones se destinan a exportación hacia Estados Unidos en años recientes. No es la mayoría, pero influye de manera decisiva en la formación de precios de referencia para todo el país. Este canal exportador ordena expectativas y precios, y cuando se cierra, la presión se distribuye hacia el mercado interno y el ajuste cae sobre el ganadero, primero por precio y luego por liquidez.
El cierre a la importación de ganado mexicano por parte de Estados Unidos no es comercial ni político: es bioseguridad. Eso apunta a plantear la integración de la cadena. Pero si realmente se busca que el beneficio repercuta al ganadero -y que la ganancia no se quede solo en eslabones subsecuentes- el análisis de viabilidad financiera debe contemplar escenarios de precios con frontera cerrada, abierta o intermitente.
El impacto del cierre de ganado mexicano a Estados Unidos no mueve a toda la cadena de carne bovina en este país. Según diversas fuentes, las cabezas importadas desde México rondan entre 3% y 4% del total sacrificado o alrededor del 3% de la “cosecha” de becerros. Sin embargo, para Texas la cifra aumenta a dos dígitos, Oklahoma, Arizona y California también son dependientes del ganado mexicano. Por lo tanto, para Estados Unidos puede ser un porcentaje “manejable” en el agregado; pero para México es más relevante porque es un canal que ordena el sistema de precios del ganado.
Integra la cadena -engorda, frigorífico y eventualmente anaquel- puede ser una oportunidad o un error muy caro que depende de dos grandes variables: los números, porque cuando la frontera reabra, el becerro puede volver a “valer dólares” y cambiar por completo la ecuación en la búsqueda de mayores márgenes para el ganadero; y la gobernanza, porque la mayoría de proyectos económico – gremiales no fracasan por falta de intención; fracasan por falta de controles en la administración y gestión.
Otro aspecto crítico es que el mercado de carne global y en particular en Estados Unidos es altamente concentrado. USDA-ERS documenta que las cuatro mayores empacadoras concentran alrededor de 85% del sacrificio de novillos y novillonas (2019). En ese entorno, proyectos pequeños y fragmentados son tomadores de precio y enfrentan barreras reales: volumen, especificación, continuidad, certificaciones, logísticas, cadena fría y contratos.
Por eso, si cada estado norteño arma “su” proyecto aislado, el posible riesgo es terminar con infraestructura sin mercado o con márgenes capturados por intermediarios y no por el ganadero.
Parte de la historia de las organizaciones gremiales con proyectos empresariales en México (en ocasiones con recursos públicos a fondo perdido) es que arrancaron con grandes expectativas y terminaron en quiebras, pleitos legales, archivos subutilizados o proyectos secuestrados por pequeños grupos que nos recuerdan una lección dura: no basta con tener una buena idea ni con conseguir recursos públicos o privados, si no hay diseño institucional o gobernanza profesional, la infraestructura se convierte en un elefante blanco.
Y aquí queda la pregunta central: qué tan viable es que un organismo gremial gestione un proyecto regional o varios proyectos fragmentados sin escala, para competir con las fuerzas del mercado internacional sin repetir historias de fracasos, y qué condiciones de diseño institucional se necesitan para que funcione y el beneficio sea transferible al pequeño ganadero.
Integrar puede ser parte de la solución, pero solo si se diseña con números, contratos y gobernanza; si no, el guion es el de siempre; proyectos grandes en el anuncio y chiquitos en el estado de resultados.
*César Rafael Ocaña Romo M.Sc. in International Agricultural Science. Humbolt Universität Zu Berlín, Alemania.
Colaborador analista de AGRORURAL.











