- La crisis del gusano barrenador del ganado (GBG) mostró cuánto puede perder el productor cuando desaparece un mercado. La reapertura a la exportación plantea otro reto: que ese mercado también sea accesible para el productor que no tiene escala para llegar solo.
César Rafael Ocaña Romo
M.Sc. in International Agricultural. Sciences. Humboldt Universität zu Berlin, Alemania.
La crisis del GBG dejó una lección económica tan importante como la sanitaria: perder un mercado puede costar al productor más que carecer de infraestructura.
Antes del cierre, Estados Unidos importaba alrededor de un millón de bovinos mexicanos al año, destinados a recría o engorda. Con el avance del GBG hacia el norte, Estados Unidos suspendió las importaciones, y el criador de los estados exportadores perdió al comprador que durante décadas daba referencia de precio y competencia a su becerro.
México, en lugar de cerrar la frontera sur con Guatemala, optó por administrar el riesgo mediante inspecciones, tratamientos y movilización controlada, sin detener los flujos pecuarios de regiones afectadas. La estrategia buscaba contener la plaga manteniendo el mercado activo; sin embargo, la dispersión continuó y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos justificó el cierre por su rápida propagación hacia el norte. La contención anunciada no evitó que la plaga avanzara hacia las regiones exportadoras y pusiera en riesgo el mercado estadounidense.
El efecto económico fue severo: las subastas del norte reflejaron reducciones de 30 a 50% en el precio del ganado. El choque principal fue la pérdida del mercado estadounidense, muy superior en volumen a las importaciones legales de Centroamérica. Mientras al criador de las regiones exportadoras se le cerró su principal válvula de salida, el mercado interno mantuvo otras fuentes de abastecimiento: ganado de distintas regiones del país movilizado hacia engordas, importaciones legales y el problema, difícil de cuantificar, del ganado introducido irregularmente por la frontera sur.
El becerro bajó fuertemente de precio, pero la carne al consumidor no; mantuvo incrementos. Más ganado permaneció en México para engorda y procesamiento y, durante el 2026 las exportaciones mexicanas de carne de res a Estados Unidos aumentaron en valor y volumen.
La reducción en el precio del becerro no se trasladó proporcionalmente al consumidor. El diferencial quedó distribuido entre engorda, procesamiento, transporte y comercialización. Parte correspondió a costos y otra pudo reflejarse en márgenes. Lo evidente es que el ajuste no se distribuyó igual en toda la cadena: el productor perdió mercado y poder de negociación, mientras el consumidor no recibió una reducción equivalente en el precio de la carne.
La reapertura cambia la ecuación. Douglas, Arizona, volvió a recibir ganado mexicano el 24 de agosto de 2026 y el puerto fronterizo de Santa Teresa, Nuevo México, el 24 de septiembre bajo un esquema condicionado al cumplimiento mexicano del Plan de Acción Binacional, controles sanitarios, vigilancia, inspección y trazabilidad. Sanitariamente, Estados Unidos aceptó comercio bajo condiciones; económicamente, regresó un comprador.
Cuando vuelve el mercado estadounidense, el engordador mexicano compite con el exportador por el mismo becerro. El productor recupera parte del poder perdido, pero aparece una pregunta: ¿todos los ganaderos del norte pueden aprovechar esta reapertura?
Un productor con suficiente volumen puede reunir una carga, cumplir trámites, coordinar transporte y llegar al mercado estadounidense. Uno con cinco, diez o veinte becerros puede producir buenos animales, pero no tiene escala para llegar hasta donde se forma el precio.
El problema del pequeño ganadero no siempre es producir poco; muchas veces es vender pequeño. Ahí las organizaciones ganaderas tienen una oportunidad inmediata de integración económica, que no necesariamente exige otro rastro, una nueva engorda o más infraestructura, sino hacer lo que una organización gremial puede hacer mejor que un productor aislado: reunir oferta dispersa, formar lotes homogéneos, coordinar trámites y transporte y completar cargas comerciales.
La Unión Ganadera Regional de Sonora conoce esta lógica: su sistema de subastas fue creado en 1995 frente a la excesiva intermediación, pocos compradores, escasa información de mercado y producción pulverizada, buscando organizar la oferta y fortalecer la posición comercial del productor.
La misma lógica puede extenderse al mercado estadounidense. La subasta ganadera de Santa Teresa, Nuevo México, especializada en ganado mexicano permite que distintos compradores compitan por los animales. Agrupar pequeños productores no significa mezclar indiscriminadamente su ganado ni diluir la propiedad individual; significa coordinar volumen comercial conservando identidad y trazabilidad.
La crisis demostró cuánto vale disponer de un mercado alternativo. La reapertura debería obligarnos a preguntarnos cuántos productores pueden acceder a él. Durante décadas hemos asociado integración con infraestructura. Quizá esta crisis mostró algo más simple: a veces el activo más valioso no es otro fierro, otro corral u otra planta, sino la posibilidad de llegar a más compradores.
Cuando existe competencia por el ganado, cambia la posición económica del productor y, en ocasiones, el mercado vale más que la infraestructura.









