Dr. Jorge Francisco Monroy López
Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública. FMVZ-UNAM

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Hace algunos años, durante la estancia sabática que realicé en el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria, conocido por todos como Senasica, fui enviado de comisión al norte de la República, porque se habían decomisado cisticercos en vísceras de bovinos, en uno de los rastros tipo inspección federal (TIF).

Las autoridades locales de salud, preocupadas porque dichos decomisos pudieran representar un riesgo para la salud de los habitantes, planteaban la posibilidad de cerrar los corrales de engorda de donde procedían los animales y sacrificarlos a todos, con el fin de eliminar por completo los riesgos sanitarios.

Recordemos que los cisticercos de bovinos, son la fase larvaria (o metacéstodo) de un adulto que afecta al humano llamado Taenia saginata, por lo que, en caso de consumir productos contaminados con estos cisticercos, sin haber recibido un tratamiento térmico, podrían desarrollar la Taenia en su propio tracto digestivo.

Así que se creó una Comisión, en la que me tocó el honor de participar, integrada por representantes locales de salud, salud animal e investigadores de la universidad estatal, además de representantes de los ganaderos.

Como Comisión, nos trasladamos a los corrales para conocer las condiciones en las que los animales eran engordados. Los productores nos mostraron todo su esquema de buenas prácticas de producción en corrales de engorda, apegados a lo que se establecía en los manuales que publicaba la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural, SAGARPA, hoy denominada SADER.

Pudimos observar que, para los procesos productivos, se tomaban las aguas de los canales que pasaban por la zona y que, de hecho, abastecían del preciado elemento a toda la zona agrícola, tanto como a los habitantes de la región. El agua no recibía ningún tratamiento y los colegas de la Universidad estatal, nos comentaron que habían estado haciendo estudios y habían encontrado proglótidos en esos canales, por lo que, presumiblemente, el ganado podría haberse infectado a partir de ellos y desarrollar los cisticercos hallados en el rastro.

Las autoridades de salud confirmaron que, en las poblaciones previas a los corrales de engorda, habían sido identificadas personas que estaban arrojando proglótidos de Taenia saginata por lo que se les había suministrado tratamiento pero sólo se les había dado una de las dos dosis requeridas.

Al escuchar esto, de forma sarcástica, pregunté si entonces tendríamos que cerrar los poblados en los que había personas enfermas y tendríamos que sacrificarlas. Y creo que en ese momento las autoridades locales comprendieron que lo que tendríamos que hacer es abordar el problema de manera integral, simultáneamente.

No se tenía la certeza de que los animales se hubieran infectado en los corrales, ya que algunos procedían de diferentes estados de la República y, de hecho, se identificaron algunos procedentes de Centroamérica, de manera ilegal y se desconocía cómo habían podido llegar tan cerca de la frontera con los Estados Unidos.

Así, se propuso un plan integral que contemplara la desparasitación de las poblaciones humanas afectadas; la mejora y el seguimiento estricto de las buenas prácticas de producción en los corrales de engorda, incluyendo medidas de potabilización del agua de bebida; reforzamiento en la inspección sanitaria en el rastro TIF; monitoreo de las aguas de los canales de la zona; pláticas de educación para la salud en las poblaciones de la región, para resaltar la importancia de la cocción de los alimentos de origen animal y seguimiento estricto de la trazabilidad de los animales que ingresaran a la entidad y, por lo tanto, de los que llegaran al rastro TIF.

Todo esto es lo que conocemos como Una Salud, es decir, la resolución integral de los problemas de salud animal, sanidad ambiental y salud pública.

Artículo publicado en Entorno Ganadero Junio- Julio 2020