Integrar al ganadero: un reto pendiente desde hace décadas

La infraestructura por sí misma no integra económicamente al productor, se requieren mecanismos concretos que le permitan participar del valor generado.

César Rafael Ocaña Romo. M.Sc. in International Agricultural Sciences. Humboldt Universität zu Berlín, Alemania.

Recientemente trascendió en medios nacionales e internacionales que una de las mayores empresas mexicanas de carne podría alcanzar una valuación superior a 2,000 millones de dólares. Más allá de que una eventual operación se concrete, la cifra permite dimensionar cuánto valor puede acumular una organización capaz de participar en distintos eslabones de la cadena bovinos-carne: abastecimiento, engorda, procesamiento, comercialización y acceso a mercados.

México impulsa nuevamente proyectos para fortalecer esta cadena en los estados ganaderos del norte. La cuestión es si la infraestructura que se construya permitirá integrar económicamente al ganadero y hacerlo partícipe del valor adicional que se genere.

Hace aproximadamente veinte años, programas de fomento ganadero en el norte del país destinaron recursos públicos y privados para avanzar hacia engorda, sacrificio, corte, procesamiento y comercialización. La infraestructura se construyó, existe y opera.

Se ha utilizado la “integración” para describir esa incorporación de eslabones, pero conviene distinguir conceptos. Integrar físicamente una cadena es disponer de corrales, alimento, sacrificio, procesamiento y logística; integrarla empresarialmente es que esas instalaciones operen con escala, capital de trabajo, administración profesional y mercados; y otra muy distinta, es integrar económicamente al productor.

Una empresa puede estar perfectamente integrada desde la producción hasta el anaquel y el criador continuar siendo solamente proveedor de becerros. Una cosa es tener una cadena integrada y otra muy distinta tener ganaderos integrados a esa cadena.

U.S. Premium Beef, en Estados Unidos, es un ejemplo de cómo los ganaderos pueden conservar derechos económicos dentro de la cadena: existen derechos y obligaciones de entrega; los animales se valorizan conforme a características individuales de sus canales; los productores reciben información sobre su desempeño, además, la organización mantiene participación en una importante empresa procesadora.

La enseñanza no es copiar el modelo, sino reconocer que la infraestructura por sí misma no integra económicamente al productor, se requieren mecanismos concretos que le permitan participar del valor generado. Puede tratarse de derechos de entrega, participación en resultados, premios por calidad, acceso contractual a mercados, propiedad accionaria, representación efectiva, contratos de largo plazo o mecanismos de precio vinculados a calidad y mercado, entre otros esquemas.

Sin embargo, existen otras complejidades: la ganadería está formada por miles de productores, desde quien posee una o dos vacas hasta empresas con cientos o miles de cabezas. Por ello, integrar económicamente no pasa necesariamente convertirlos a todos en accionistas.

Las propias organizaciones ganaderas gremiales lo ilustran con su patrimonio. Cuentan con terrenos, corrales, centros de subasta, infraestructura sanitaria, empresas y plantas de procesamiento. Ese patrimonio pertenece colectivamente a la organización y no individualmente a cada productor, pero eso no significa que no genere valor ni que su beneficio deba materializarse mediante dividendos.

La sanidad animal es un ejemplo: una organización que contribuye a conservar un buen estatus sanitario genera valor prácticamente para todos los productores. El ganadero de dos becerros puede beneficiarse aunque nunca exporte directamente, porque mantener abiertos los mercados fortalece la comercialización y la formación de precios. Lo mismo sucede con una subasta eficiente: genera competencia, información, transparencia y mejores condiciones de mercado sin necesidad de repartir acciones entre quienes la utilizan.

Por eso, el fomento a la integración económica no debe medirse únicamente por cuántos eslabones controla la organización o activos posee el productor, sino cuánta capacidad adicional para capturar valor genera ese patrimonio colectivo para el ganadero.

El crecimiento patrimonial de la organización y el fortalecimiento económico de sus agremiados, aunque relacionados no son lo mismo, por ello el desempeño de una organización gremial ganadera debería juzgarse también por cuánto poder económico genera su patrimonio para sus productores.

Esto cambia la forma de evaluar los proyectos. No basta medir millones invertidos, capacidad instalada o número de cabezas sacrificadas, estas son métricas industriales. La medida de integración es cuánto cambia la posición económica del productor después de la inversión.

Conviene entonces distinguir dos rendimientos: el rendimiento empresarial que comprende ventas, utilidades, flujo, rentabilidad, preservación del capital y crecimiento patrimonial; y  el rendimiento sectorial, que mide cuánto valor adicional genera ese activo para los productores que justificaron su creación. Ambos importan, pero no son lo mismo.

Un rastro puede ser una excelente empresa y modificar poco la posición del criador, pero también puede tener una rentabilidad empresarial moderada y generar un enorme beneficio sectorial si aumenta la competencia por ganado, abre mercados, reduce costos o mejora los precios.

Por eso, cada inversión debería plantear: ¿qué podrá hacer económicamente el ganadero debido a este nuevo proyecto que antes no podía hacer?

Si al paso de los años existen mejores corrales, mayor capacidad de sacrificio, más procesamiento, organizaciones ganaderas patrimonialmente más fuertes y el productor continúa esencialmente bajo la misma relación económica, habremos fortalecido la infraestructura de la cadena, pero difícilmente podremos afirmar que lo integramos.

El fomento a la infraestructura debe generar capacidad adicional para que el ganadero capture valor; de lo contrario, sólo integra activos y procesos.

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