Dr. Jorge Francisco Monroy López
Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública. FMVZ-UNAM

blank

  • Las vacunas (cuando existen) son buenas para controlar enfermedades, pero cuando no se cuenta con ellas porque no existen, se deben reforzar las medidas de bioseguridad internas. Pero cruzar los dedos, encender veladoras y desear de todo corazón que no pase nada, no es bueno, y menos en el caso de peste porcina africana.

Las vacunas han sido, desde los lejanos tiempos de Edward Jenner, hace más de dos siglos, uno de los mejores y más efectivos métodos para proteger a las poblaciones en contra de las enfermedades.

La idea es simple, pero sorprendentemente efectiva: se trata de producir una micro-enfermedad en condiciones, digamos, “controladas” y, literalmente, engañar al organismo, haciéndole creer que se trata de una infección real.

El sistema inmune lleva a cabo “su chamba” y presenta al antígeno en cuestión ante las células de memoria, quienes registran al invasor y, la siguiente vez que ingresa al organismo, las alarmas se activan, es detectado de inmediato y controlado de manera oportuna de tal manera que no causa más daño.

No todas las vacunas funcionan igual pero, en términos generales, más o menos de eso se trata.

El problema es que, a veces algunos virus vacunales se exceden en su labor y producen un cuadro muy similar al de la enfermedad o, inclusive, llegan a producir la muerte.De ahí que haya sido un paso muy importante la creación de vacunas artificiales, desarrolladas mediante técnicas de ingeniería genética que modifican una parte o, inclusive, crean del todo una variación del agente que es incapaz de hacer daño al hospedador.

La primera vacuna con esas características que yo conocí fue la que se utilizó para inmunizar a los cerdos en la campaña contra la enfermedad de Aujeszky en los años noventas del siglo XX, y que era una vacuna cuyo genoma había sido alterado mediante ingeniería genética. Lo más curioso del asunto es que se trataba de una vacuna con deleción G1, es decir, se le habían quitado uno de los genes responsables de producir enfermedad, pero sí era capaz de producir anticuerpos.

Aún más interesante es que, debido a la deleción mencionada, los anticuerpos generados por la vacuna son identificables claramente de los producidos por el virus de campo.

Es, digamos, como hacerle una pequeña muesca al virus y que, gracias a esa muesca, los anticuerpos generados estén “marcados”, exactamente igual que los cerdos con sus muescas en las orejas.

Aun con todo lo anterior, la simple vacunación no fue suficiente para controlar esta enfermedad. Se requirió que la estrategia fuera aplicada en combinación con otras medidas tales como control de movilización de animales, cuarentena, pruebas diagnósticas, regionalización, análisis de riesgo, determinación de piaras libres, vigilancia epidemiológica y, sobre todo, bioseguridad. Tras de varios años de esfuerzo, la porcicultura en México fue declarada, finalmente, libre de la enfermedad de Aujeszky.

¿Pero en el caso de peste porcina africana qué pasará si es que acaso ingresa al territorio de nuestro país? La verdad es que en el horizonte científico no se observa ningún desarrollo promisorio en términos de vacunas, al menos en el corto plazo. La principal apuesta es, hasta ahora, en el sentido de mantener al virus fuera de México.

¿Qué hacer entonces cuando no hay una vacuna tan eficiente? Por lo pronto es importante establecer control en los ingresos de animales nuevos a las piaras, pero también de personas ajenas, proveedores y, en general, reforzar las medidas de bioseguridad internas.

Siempre hay que tener a la mano las experiencias anteriores, las que han resultado exitosas pero también las que no, y determinar qué podría salir mal, para anticiparnos y que eso no ocurra.

Cruzar los dedos, encender veladoras y desear de todo corazón que no pase nada no es bueno, además suele ser insuficiente cuando se trata de controlar enfermedades exóticas.

Artículo publicado en Los Porcicultores y su Entorno Septiembre- Octubre 2020