Aldo Bertoni | Daniel Mota-rojas | Fabio Napolitano | Adolfo Álvarez | Ada Braghieri | Isabel Guerrero- Legarreta | Patricia Mora Medina | Armando Morales | Jesús Berdugo | Giuseppe de Rosa

INTRODUCCIÓN

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Los búfalos de agua se han desarrollado principalmente en zonas tropicales y se han perfilado como una alternativa para diversificar la ganadería, ya que tienen la capacidad de adaptarse a zonas difíciles, donde predominan suelos con drenaje deficiente (Gutiérrez et al., 2006; Mendes y De Lima, 2011) y ha demostrado habilidad para aprovechar eficientemente los pastos naturales e inducidos de mediana y baja calidad forrajera (García et al., 2011; Romero y Pérez, 2014; Crudeli et al., 2016).

En esas condiciones, el búfalo de agua se ha empleado como animal de doble o triple propósito (leche, carne y trabajo), sin embargo, tradicionalmente se le ha criado para la obtención de leche, la cual resalta por su buena calidad y alto rendimiento para elaborar derivados como el queso Mozzarella. De acuerdo con datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), la producción mundial de leche fluida durante 2018 se ubicó en 605.8 millones de toneladas (mdt); 83.4 por ciento de este volumen correspondió a leche de vaca y el resto a otras especies. Entre estas últimas, destaca el búfalo de agua, que contribuyó con el 13 por ciento (USDA, 2018).

Respecto a la producción láctea, se ha documentado que las búfalas en Italia mantienen lactancias promedio de 270 días con 2,462 kg/lactancia con 8.07% y 4.65%, grasa y proteína, respectivamente, mientras que las vacas lecheras Holstein registran lactancias promedio de 9,690 kg/lactancia con 3.77% de grasa y 3.37% de proteína, es decir, las búfalas no necesariamente compiten en volumen (aunque habría que revisar otros indicadores, como el de costo-beneficio) pero sí en calidad, gracias al alto valor composicional de este líquido (AIA, 2018). Recientemente, se han estudiado las propiedades fisicoquímicas y la calidad de la carne de búfalo y productos de valor agregado (hamburguesas, entre otros), los cuales están penetrando en el gusto de los consumidores, que normalmente se restringían a proteína de origen animal proveniente de especies ganaderas tradicionales.

Tanto la búfala como la vaca lechera pertenecen a la familia Bovidae y son catalogadas especies ganaderas de gran relevancia en la industria láctea por su volumen de producción, sin embargo, presentan diferencias filogenéticas, morfofisiológicas y de comportamiento (Bertoni et al., 2019; Guerrero-Legarreta et al., 2020; 2021). Por ello, el objetivo del presente documento consiste en analizar, discutir y contrastar las características anatómicas, fisiológicas y sistemas de producción de la búfala de agua versus la vaca lechera y ganado doméstico convencional, para identificar las potencialidades y restricciones de las búfalas.

ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA

Los búfalos de agua y los vacunos corresponden a la familia Bovidae, a pesar de ello, se sitúan en una posición filogenética diferente y exhiben características anatómicas, fisiológicas y de comportamiento divergentes, ya que el búfalo de agua se afilia a la subfamilia Bubalinae en tanto que las vacas a la Bovinae (Bertoni et al., 2019)

En general, las principales diferencias anatomofisiológicas entre las especies en cuestión se identifican en el tracto digestivo, aparato reproductor, sistema de termorregulación, glándula mamaria y pezuñas, entre otros (Romero y Pérez, 2014) (Figura 1). Lo anterior se asocia con niveles de eficiencia distintos en el desempeño productivo y reproductivo (Barboza, 2011). En los siguientes apartados se exponen aspectos trascendentes de la morfofisiología y aspectos productivos que caracterizan al búfalo de agua del ganado doméstico como a la vaca lechera

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FIGURA 1. Principales características que diferencian al búfalo de agua (Bubalus bubalis) con el ganado convencional del género Bos.

Sistema digestivo

Aunque las búfalas al igual que las vacas lecheras son catalogadas como grandes rumiantes (Angulo et al., 2005), las primeras denotan diferencias en el sistema digestivo como son: mayor longitud y capacidad del tracto gastrointestinal, tasas de pasaje más rápidas, mayor nivel de masticación y de contracciones ruminales, así como microbiota con una relación distinta (población de microorganismos, pH, síntesis de proteína), entre otras (Paul y Lal, 2010; Mendes y Lima, 2011). Es por lo anterior, que los búfalos de agua consigan mayores tasas de consumo de forrajes con alto porcentaje de celulosa (superiores al 70% de la materia seca) y lignina (Ann y George, 2014), lo cual podría coadyuvar en la mitigación de la producción de gases de efecto invernadero.

Aparato reproductor

En cuanto al aparato reproductor de la búfala y la vaca lechera los órganos son similares, sin embargo, el de la vaca presenta menor rigidez, es menos muscular y es ligeramente más grande y pesado en comparación con el de la búfala (Sane et al., 1965; Konrad, 2016).

En este sentido, al comparar la biometría del aparato reproductor de búfalas Murrah con la de bovinos Nelore, se identificó que el peso de los ovarios, la longitud y la anchura del ovario derecho, el número de anillos del cérvix, la longitud de la vagina y el cuello uterino fueron mayores en bovinos que en búfalos. Sin embargo, el grosor de los ovarios, la longitud del oviducto izquierdo, el cuerpo uterino, la longitud y la amplitud del cuerno izquierdo destacaron en búfalos sobre los de bovinos. Al respecto, Carvalho et al., (2010) no detectaron diferencias entre la longitud y la anchura del ovario izquierdo, la longitud del oviducto derecho, la longitud y la anchura de la asta uterina derecha entre ambas especies (Carvalho et al., 2010).

Estacionalidad reproductiva

Varios factores han influenciado la actividad reproductiva tales como: condiciones ecológicas y climáticas las cuales están estrechamente relacionadas con la disponibilidad de alimento y su consecuente eficiencia reproductiva. En ese contexto destaca que las vacas lecheras se han desarrollado en zonas donde predominan los sistemas de producción de tipo intensivo, en los cuales la oferta alimento suele ser mayor en cantidad y calidad nutrimental a lo largo del año (Zicarelli, 2016).

La estacionalidad reproductiva de la vaca lechera (género Bos) se ha visto influenciada y, en especial se ha contraído, gracias al proceso de domesticación y a los factores físico-bióticos que ejercen su acción en dicha especie, sin embargo, en algunos animales que se desarrollan en condiciones más cercanas a las naturales, como búfalos y ganado convencional criado en libertad, se sigue manifestando la estacionalidad reproductiva relacionada con la duración de horas luz y con la disponibilidad de forraje (Zicarelli, 2016; Sampedro y Crudeli, 2016).

En el hemisferio norte la producción de los forrajes aumenta cuando las horas luz van disminuyendo, por lo cual, el búfalo de agua, que inicialmente se desarrolló en el trópico, manifiesta en mayor medida el estro en otoño, cuando los días son más cortos (Sampedro y Crudeli, 2016). La importancia de la duración del día en la estacionalidad reproductiva está demostrada; en estas circunstancias, la melatonina actúa en la glándula pineal desinhibiendo la secreción activa de la hormona luteinizante (LH), sin embargo, al aumentar las horas luz la sensibilidad del hipotálamo se incrementa y se genera una retroalimentación negativa por lo que se libera menos cantidad de LH, de forma tal que el estradiol será insuficiente para estimular la ovulación
en estos mamíferos (Crudeli, 2011; Crudeli et al., 2016; Sánchez et al., 2017).

En otro sentido, sentido, en la actualidad las vacas lecheras no suelen manifestar estacionalidad reproductiva, gracias a que se han desarrollado en ambientes cada vez más controlados, con diferentes sistemas de manejo y niveles de producción, ya que se suelen alimentar de manera artificial, lo que les garantiza diferentes fuentes nutrimentales a lo largo del año. Por el contrario, las búfalas lecheras aun cuando sean criadas en sistemas semi intensivos, en donde se cuente con disponibilidad parcial de forraje, no se han liberado de la actividad reproductiva estacional (Zicarelli, 2016).

Condiciones climáticas estresantes

Los búfalos y el ganado convencional son animales endotérmicos, por lo cual, tienen la habilidad de controlar su temperatura corporal regulando su tasa metabólica, definiendo dicho proceso como termorregulación. Con ello, la energía producida por el metabolismo celular (catabolismo y anabolismo) de los animales, puede perderse parcialmente a través del calor irradiado por el organismo del animal (Mozo et al., 2005; Casas-Alvarado et al., 2019). Sin embargo, si existe deficiencia en la pérdida de calor, el animal puede sufrir de estrés calórico. En ese sentido, se ha demostrado que el ganado de corral de engorda es muy sensible al estrés por calor debido a que su alimentación se fundamenta en dietas con alta energía (Blackshaw y Blackshaw, 1994) y bajo ambientes que carecen de la sombra necesaria.

Las razas lecheras de bovinos convencionales han tendido a desarrollarse principalmente en zonas templadas, sin embargo, su productividad se suele perturbar al someterlas a condiciones climáticas estresantes (alta temperatura y humedad) que menoscaban su bienestar animal. Por ello, se ha procedido a cruzamientos entre las razas Bos taurus y Bos indicus, con lo cual se han generado animales más tolerantes a temperatura y humedad debido a la disminución de su tasa metabólica y a la pérdida de calor por mecanismo de sudoración, sin embargo, por lo regular se contrae su productividad láctea (Abdelatif y Alameen, 2012).

Por otro lado, los búfalos de agua presentan un sistema termorregulador ineficiente frente a estímulos de calor extremo, al igual que los bovinos lecheros y ganado de engorda (Bos taurus), sin embargo, presenta ventajas sobre éstos que residen en la escasa presencia de pelo y en mayor grosor de la capa superficial de la piel (epidermis), con melanina que absorbe el calor y que les otorga el característico color negro a los búfalos de agua (Berdugo-Gutiérrez et al., 2019).

Las partículas de melanina atrapan los rayos ultravioletas (UV) y evitan que penetren a través de la dermis de la piel hasta capas de tejido más interno, con lo que reducen y amortiguan la radiación solar que podría llegar al núcleo corporal. Estos rayos UV son abundantes en la radiación solar de las regiones tropicales y subtropicales, por lo tanto, la exposición excesiva de la piel este tipo de radiación puede ser nociva para los búfalos (Ablas et al., 2007; Marai y Haeeb, 2009; Berdugo- Gutiérrez et al., 2019; Bertoni et al., 2019).

La temperatura corporal de los búfalos en ambientes con altas temperaturas solo puede conservarse, dentro de los límites normales si dispone de sombra, charcas, represas y lodo disponible o mediante la aplicación casi continua de agua, preferiblemente con una corriente de aire o viento para secarla; debido a su menor cantidad de glándulas de sudoración en comparación con los bovinos convencionales (Marai y Haeeb, 2009) (Figura 2). Para ampliar información sobre mecanismos de termorregulación y uso de termografía infrarroja consulte el capítulo correspondiente en el libro “El búfalo de agua en las Américas, enfoques prácticos y experimentales”.

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FIGURA 2. Termograma de búfalos en el pantano en trópico latinoamericano. Cambios en la microcirculación dérmica del búfalo de agua expuesto a la radiación solar en la charca o lodo. Se aprecia cómo el lodo seco y húmedo puede mantenerlo fresco durante las horas más cálidas del día.

Glándula mamaria

En cuanto a la producción láctea, existen diferencias anatomofisiológicas entre las vacas y las búfalas. La glándula mamaria de ambas especies se posiciona en la zona inguinal y se componen por dos pares de mamas que están cercanas unas de otras formando un complejo mamario o ubre (Bradley, 2014). La cisterna, ubicada en la parte ventral de la glándula sirve como almacenamiento de leche y permite sintetizar diversas cantidades de leche en dependencia de su tamaño (Bradley, 2014). La ubre de la búfala almacena en el compartimiento alveolar del 92 al 95% de la leche y el resto en la cisterna (5%) de la leche, en contraste, las vacas acumulan en la cisterna el 20% de leche. La fracción de leche cisternal está disponible para el ordeño o el amamantamiento de la cría antes de que las células mioepiteliales se contraigan como respuesta a la acción de la oxitocina para que ocurra la eyección láctea (Thomas et al., 2004; Espinosa et al., 2011b). La leche alveolar, sin embargo, está disponible solamente si es eyectada activamente (Espinosa et al., 2011b).

Las vacas lecheras a diferencia de las búfalas han mostrado mayor desarrollo en el complejo mamario, que les ha permitido sintetizar grandes cantidades de leche. Además, es el tejido conjuntivo elástico originado a partir de la túnica abdominal, conocido como sistema suspensorio, el que permite soportar la cantidad de leche que se produce en la glándula mamaria (Bradley, 2014), aunque la búfala lechera con menor producción de leche presenta un ligamento suspensorio con menor desarrollo en contraste con la vaca lechera.

Un rasgo suplementario radica en la morfobiometría de los pezones. De acuerdo con Espinosa et al., (2011a), que analizaron búfalas de diferentes razas, mostraron que la mayoría presentaba pezones cónicos (56.46%) y la longitud media de 6.90 cm; por otro lado, Riera-Nieves et al., (2006), estudiaron a bovinos lecheros Holstein, entre los cuales predominaron pezones en forma de cilindro (48.30%) y con una longitud de pezones media de 5,90 cm El pezón con mayor longitud y grosor además canal más estrecho y un esfínter más cerrado es típico del búfalo, lo que favorece una menor predisposición a la mastitis (Thomas et al., 2004; Espinosa et al., 2011a).

La vaca lechera, gracias al intenso proceso de selección genética, actualmente presenta características fisiológicas y anatómicas que le permiten producir mayor cantidad de leche que la búfala lechera. El ligamento suspensorio y la cisterna con mayor desarrollo posibilita sintetizar, transportar y almacenar grandes cantidades de leche; además, la forma y tamaño de los pezones facilita el recurso de máquinas para procesos de ordeño mecánicos convencionales y robotizados. Por otro lado, la búfala lechera presenta mayor resistencia a microorganismos que pudieran predisponer a mastitis y aunque la cantidad de leche es menor que la de las vacas lecheras, la calidad composicional es mayor en componentes de importancia económica, industrial y sanitaria.

Aloamamantamiento

Se entiende por Aloamamantamiento, al amamantamiento de crías ajenas o extrañas (Roulin y Heeb, 1999). Esta conducta ha sido reportada con frecuencia en cerdas lactantes (Špinka, 2006), renos (Engelhardt et al., 2016), bovinos convencionales, ovinos, ciervos y búfalos de agua, entre otros (Víchová y Bartoš, 2005) (Figura 3). En general existen registros de 82 especies de mamíferos que amamantan a crías ajenas. Se han estudiado varias hipótesis sobre las causas y consecuencias de este comportamiento, entre ellas, Roulin (2003) postula que las hembras que permiten la lactancia de las crías ajenas se benefician porque podrían aumentar o mantener la concentración de prolactina cuando su propia descendencia no estimula suficientemente los pezones durante la succión, lo cual podría mejorar la inmunidad de las madres y elevar su resistencia contra microorganismos patógenos.

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También se ha observado que conforme la edad de la cría se incrementa el aloamamantamiento disminuye; sin embargo, en el estudio llevado a cabo por Paranhos da Costa et al., (2006), no apreciaron aloamamantamiento como un comportamiento en dos crías (Bos indicus): Nelore y Gyr y una cría mestiza (Bos taurus): la raza Caracu que son criadas con pastos desde el nacimiento.

En cuanto al búfalo, al igual que en Bos taurus, se ha reportado que el aloamamantamiento puede ejecutarse como consecuencia de una nutrición insuficiente de la cría (Murphey et al., 1995; Paranhos da Costa et al., 2000).

Durante muchos años se planteó que el aloamamantamiento resultaba una conducta costosa, además del riesgo que presentaba, no sólo por la posible agresión de la madre hacia la cría ajena al intentar ingerir leche (Roullin, 2003), sino por la transmisión de microorganismos patógenos a través de la leche, como es el caso de enfermedad de Johne, ya que el aloamamantamiento y la crianza comunal se consideran factores de riesgo para la paratuberculosis en búfalos (Dalto et al., 2012). El amamantamiento comunal también denota consecuencias positivas, como incrementar la inmunidad en
las crías por la ingestión de anticuerpos procedentes de una madre no biológica.

Cabe señalar que en el seguimiento de los búfalos realizado durante 10 meses, Andriolo et al., (2001), demostraron que cuando se permite la lactancia materna a crías ajenas, las madres no descuidan a su propia descendencia. Además, determinaron que permitir a las crías el comportamiento de aloamamantamiento depende más de la tolerancia individual que del comportamiento grupal de las madres durante el periodo de lactancia.

Por ello, el aloamamantamiento tiene un componente individual que refuerza los intentos de amamantamiento entre los becerros.

Una conducta muy frecuente en búfalas es aceptar pasivamente el amamantamiento de becerros de otras hembras. Esta conducta se asocia a diferentes causas como: pérdida de la madre, baja producción de leche que no alcanza a cubrir los requerimientos nutricionales y, además, rechazo de la madre principalmente en hembras de primer parto. Aunque este comportamiento es considerado altruista (Napolitano et al., 2019), las búfalas dan prioridad a sus crías y después al fin comunitario; asimismo no todas poseen el temperamento de aceptar crías de otras hembras(De Gusmão, 2011; Mora-Medina et al., 2018).

Para mayores detalles de la impronta y el aloamamantamiento consulte el capítulo “Improntación” del Dr. Orihuela en el libro “El búfalo de agua en las Américas, 2019”, o vaya a la sección de “Aspectos reproductivos” del mismo libro.

Para acceder a las referencias contacte a los autores.

ALDO BERTONI
Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), México.

DANIEL MOTA-ROJAS
Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), México.

FABIO NAPOLITANO
Scuola di Scienze Agrarie, Forestali, Alimentari ed
Ambientali, Università degli Studi della Basilicata, Italy.

ADOLFO ÁLVAREZ
Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), México.

ADA BRAGHIERI
Scuola di Scienze Agrarie, Forestali, Alimentari ed
Ambientali, Università degli Studi della Basilicata, Italy.

ISABEL GUERRERO-LEGARRETA
Profesora Emérita.
Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). México.

PATRICIA MORA-MEDINA
Universidad Nacional Autónoma de
México. UNAM. FESC. México.

ARMANDO MORALES
Ciencias Agrícolas. Universidad
EARTH. Guácimo. Costa Rica.

JESÚS BERDUGO
Centro Latinoamericano para el Estudio del
Búfalo de Agua (CLABU). Colombia.

GIUSEPPE DE ROSA
Dipartimento di Agraria, Università degli Studi
di Napoli Federico II, Portici, Naples, Italy.

Artículo publicado en Entorno Ganadero Diciembre -Enero 2021