Aldo Bertoni
Adolfo Álvarez-Macías
Daniel Mota-Rojas
José Luis Dávalos

INTRODUCCIÓN

Las regiones tropicales de Latinoamérica figuran entre los últimos espacios en colonizarse, incluso existen porciones amazónicas que actualmente están inmersas en ese proceso. Incorporar estas áreas ha favorecido el desarrollo económico de la región, sin embargo, ello ha implicado costos, principalmente sociales y ecológicos, pues generalmente se ha efectuado a costa de la destrucción de la dinámica de grupos sociales y de uno de los ecosistemas más complejos y, a la vez, frágiles, que representan las selvas tropicales. Ante ello, se vienen fomentando estrategias de manejo sustentable para preservar y, en su caso restaurar, este tipo de ecosistemas y respetar las lógicas de los grupos sociales que los han habitado históricamente.

En esa línea resulta indispensable considerar la actividad pecuaria, que ha encontrado en las regiones tropicales un medio propicio para su desarrollo, especialmente desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la fecha.

Una de las características de esta expansión ganadera ha sido su falta de planeación y, por ende, del desconocimiento de las características básicas de estas áreas, lo que ha impedido que se hayan implementado estrategias de desarrollo sustentable. En este desarrollo ganadero los vacunos (género Bos) han figurado como protagonistas y con base en ellos se ha modelado el sistema de doble propósito orientado a la obtención simultánea de carne y leche, que ha respondido a la necesidad de aumentar la oferta de estos productos para sostener procesos de desarrollo industrial, así como los de urbanización en prácticamente todos los países de la región.

Esta complejidad del sistema de doble propósito se ha heredado en gran medida a los búfalos de agua (Bubalus bubalis), de reciente incorporación a los trópicos latinoamericanos, que van tomando fuerza gracias a su rusticidad y versatilidad, sobre todo en las porciones más húmedas, demostrado su eficiencia productiva, adaptación a esquemas de producción sustentable y calidad en sus productos tanto en leche como en carne (Alarcón-Rojo et al., 2020; Barboza, 2011; Caraballoso et al., 2011; Bertoni et al., 2019a,b; Mota-Rojas et al., 2019a,b,c,d,e; Mota-Rojas et al., 2020a,b; Napolitano et al., 2020).

Bajo esta lógica, en el presente escrito se exponen elementos para comprender la importancia y dinámica de las áreas tropicales latinoamericanas en función las características físico-bióticas y las opciones para el desarrollo de los sistemas de producción de doble propósito de búfalos de agua, bajo una lógica sustentable y que permita mejorar el nivel de vida de los productores. Para ello, se procedió a una amplia revisión bibliográfica, que ha permitido caracterizar las zonas tropicales, el sistema de doble propósito, los esquemas de gestión de los mismos y la construcción de canales comerciales que se consideran necesarios para consolidar modelos de producción sustentables.

LA GANADERÍA BUFALINA EN LAS REGIONES TROPICALES

Las regiones tropicales se han distinguido por su riqueza natural, a partir de la cual se ha pretendido transformarla en riqueza económica, teniendo a la ganadería como una de sus principales actividades productivas. Sin embargo, la complejidad de estos ecosistemas no ha sido plenamente entendida para propiciar un manejo adecuado y por ello se han generado obstáculos mayores al desarrollo pecuario, que han derivado en una productividad reducida y, en sentido contrario, en una eliminación de amplias áreas selváticas. En particular, no ha sido posible generar y transferir modelos tecnológicos apropiados a la diversidad del trópico y, más bien, se han intentado transferir modelos tecnológicos de las zonas templadas, que se han revelado insuficientes para obtener los beneficios deseados (Quero et al., 2018; Gonzalez et al., 2018).

En el caso concreto de la ganadería en las regiones tropicales ha supuesto una fuerte presión para las áreas selváticas, las cuales se han reducido drásticamente y se han reemplazado en muchos casos por zonas de pastoreo, aunque otras actividades y eventos relevantes también han contribuido en ese sentido, como las actividades agrícolas, mineras, petroleras e incendios, entre otras que han impactado considerablemente estos ecosistemas.

Para que los búfalos puedan desarrollar su potencial en estos ecosistemas tropicales manteniendo el equilibrio ecológico de los mismos, resulta esencial conocer sus características principales, las cuales son sin duda más que destacadas, sin embargo, también detenta otras que exigen una gestión de los sistemas productivos para atenuar efectos como la disponibilidad estacional y baja calidad nutricional de forrajes durante parte del año, por efectos de las épocas de sequías y ciclones (nortes) en México, así como la proliferación de algunas plagas y enfermedades, entre otras limitantes (Quero et al., 2018).

Aspectos físico-bióticos

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FIGURA 1. Los trópicos húmedos se caracterizan por mayores aportes de energía en forma de flujos de vapor de agua, precipitación más intensa, meteorización rápida de material inorgánico y orgánico y la introducción de grandes volúmenes de agua y sedimento.

Las regiones tropicales se sitúan entre los trópicos de cáncer y capricornio y poseen características distintivas en cuanto a latitud, altitud, temperatura y precipitación (Connor et al., 2013). Los trópicos se encuentran entre el ecuador y los 25° de latitud en los hemisferios norte y sur y predominan en las zonas costeras que se ubican desde el nivel del mar y se elevan hasta altitudes de aproximadamente 800 msnm. Lo anterior supone que la luz solar llega de manera casi directa a esta región y, por ello, la temperatura a lo largo del año es comparativamente alta y sin grandes oscilaciones a lo largo del año, representando uno de los principales causantes de que exista alta capacidad fotosintética y, por ende, vegetación abundante (Cusack et al., 2016).

Su ubicación geográfica también favorece que las corrientes de humedad se viertan frecuentemente sobre sus áreas, con precipitaciones que suelen superar los 1,000 mm, pero generalmente fluctúan entre los 2,000 y 3,000 mm y pueden rebasar los 4,000 mm en las partes con mayor precipitación; la humedad relativa oscila entre 77 y 88 por ciento (Connor et al., 2013; Cusack et al., 2016). En las regiones tropicales las temperaturas promedio se mantienen entre los 24 y 27°C durante todo el año con reducidas fluctuaciones entre meses y entre años (Res et al., 2014). Del calentamiento dominante emana la formación de cúmulos y cumulonimbos que incentiva la actividad de tormentas eléctricas frecuentes (Connor et al., 2013).

De manera pragmática se reconocen dos partes del trópico, por un lado el seco que corresponden al clima Aw en la clasificación de Köppen, que es cálido subhúmedo con lluvias en verano, hasta el denominado trópico húmedo, Af, es decir, cálido húmedo con lluvias todo el año (Connor et al., 2013). Sobre este último clima es que se centra el potencial de los búfalos que se destaca en este documento y que, en el caso de México comprende desde el sur de Veracruz, hasta Campeche, pasando por Tabasco y tomando la parte norte de Chiapas. Este clima también impera en amplias zonas de Centroamérica, como en Costa Rica, Panamá, y más al sur, en amplias porciones de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Brasil, principalmente (Patiño et al., 2016; González et al., 2018).

Los suelos del trópico suelen ser relativamente delgados, dado el acelerado ciclo de los nutrientes entre suelo y vegetación, que gracias al metabolismo de esta última absorbe buena parte de los nutrientes, aunque los reintegra rápidamente al suelo a través del abundante material vegetal muerto, que sirve para dotarlos de materia orgánica. En efecto, estos suelos originalmente son muy fértiles y, por ello, en sus primeros años permiten altos rendimientos de forrajes y cultivos agrícolas, los cuales no son fáciles de mantener en el tiempo, dado que se rompen los ciclos acelerados que propiciaba la vegetación natural (Muñoz et al., 2016). De cualquier forma, se trata de suelos que por ser ricos en arcilla y materia orgánica suelen retener altos niveles de humedad y en las épocas de más lluvias tienden a ser pantanosos y, en casos más extremos, a convertirse en cuerpos de agua, al menos de manera temporal (Cusack et al., 2016). Estas últimas zonas son donde los búfalos de río encuentran un medio propicio para su desarrollo, ya que estos animales las utilizan como fuentes de regulación de temperatura (Napolitano et. al., 2020) como se ha demostrado en distintos países como Argentina, Costa Rica y Colombia (Patiño et al., 2016).

Debido a las características anteriores, la vegetación natural en los trópicos es de tipo selvático, con vegetación alta perennifolia en el trópico húmedo y media y baja y subcaducifolia y caducifolia en la parte más seca (Connor et al., 2013). En las zonas planas y de lomeríos se han desarrollado una gran variedad de pastizales que, por efectos antropogénicos, han sido invadidos por especies de origen africano como el Estrella de África, Guinea y Pangola, entre otros, gracias a su crecimiento espolonífero y que se distinguen por ser gramíneas C4, es decir, plantas capaces de llevar a cabo el proceso fotosintético aun en ambientes de altas temperaturas, lo que repercute en pastos de cuantiosa biomasa y alto rendimiento de materia verde por hectárea, aunque su rendimiento en materia seca y valor bromatológico sea moderado (Muñoz et al., 2016).

En resumen, en comparación con las zonas templadas, los trópicos húmedos se caracterizan por mayores aportes de energía en forma de flujos de vapor de agua, precipitación más intensa, meteorización rápida de material inorgánico y orgánico, y la introducción de grandes volúmenes de agua y sedimento. Los flujos de agua, sólidos y carbono orgánico también muestran tasas y magnitudes proporcionalmente mayores (Connor et al., 2013). Esto deriva en que la oferta forrajera sea abundante, como se describe en el siguiente apartado, y que haya fungido como uno de los principales incentivos para la expansión y consolidación de la ganadería tropical, en la cual los búfalos empiezan a figurar con perspectivas promisorias, dada su capacidad de adaptación a estos ambientes. Para que todo este ensamble funcione es necesario que se considere una adecuada planeación de los sistemas de producción y su desarrollo se armonice con las características de estos ecosistemas (Patiño et al., 2016).

Los recursos forrajeros del trópico y su potencial subutilizado

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Figura 2. Sistemas de producción de búfalo en el trópico húmedo bajo pastoreo de especies forrajeras tropicales.

En los trópicos se identifica una gran variedad de especies forrajeras, que tiende a ampliarse cada vez más, dado que se han venido introduciendo nuevas variedades, tanto nacionales como importadas, que de paso han elevado considerablemente su potencial productivo. En efecto, a la predominancia de pastos nativos más los inducidos de origen africano que persisten a la fecha en amplias áreas de la región, se han incorporado nuevas especies como las de los géneros de las Brachiarias y los Pennisetum, que están favoreciendo productividades forrajeras incrementadas que suelen repercutir en mayor rendimiento ganadero, especialmente si se incluyen en sistemas de pastoreo rotacional, que se han implementado con mayor fuerza en los últimos años (Quero et al., 2018).

Se han mantenido forrajes como el Estrella Africana (Cynodon plectostachyus), Guinea (Panicum maximum), Alemán (Echinochloa polystachya) y Bermuda (Cynodon dactylon), entre otros que experimentaron una enérgica expansión desde los años 1960. Sin embargo, paulatinamente se han identificado y mejorado otras especies como las del género Brachiaria, entre los que se cuentan el Pará (Brachiaria mutica), Chetumal (B. humdicola) y más recientemente, el Mulato (B. hibrido). Se cuentan otros como el Llanero (Andropogon gayanus), Buffel (Cenchrus ciliaris) los Penissetum como el Taiwán (P. purpureum), siendo este último de corte dado que tiene porte erecto y suele rebasar dos metros de altura. También se contabilizan algunas leguminosas rastreras como la Tehuana (Clirotia ternatea) y Jarocha (Pueraria phaseoloides), que en sistemas mejorados se suelen asociar con gramíneas, ofreciendo una mezcla forrajera más palatable y, en especial, con mayor porcentaje de proteína cruda, así como con mejor digestibilidad. También se pueden anotar algunas variedades de leguminosas arbóreas para los sistemas silvopastoriles como las acacias y las leucaenas (Muñoz et al., 2016).

Esta gran variedad de especies responde de diferente manera en los variados microclimas del trópico, según el tipo de suelo, humedad, temperatura, así como el nivel de incidencia de plagas y enfermedades, entre otros aspectos (Walters et al., 2016) pero todos permiten cargas animales que suelen oscilar entre 1 y 3 UA/ha, que son valores muy competitivos respecto a otros climas y otros sistemas con baja o mediana incorporación de tecnología y de capital.

En la mayoría de las zonas tropicales, las tasas de crecimiento de las diferentes especies forrajeras están asociadas con la distribución estacional de la precipitación y temperatura a través del año; la producción de forraje excede normalmente los requerimientos nutritivos del ganado durante la época de lluvias cuando las tasas de crecimiento de los forrajes alcanzan su pico máximo (Muñoz et al., 2016). En contraste, la producción total y las tasas de crecimiento durante el periodo de secas (invierno y principios de primavera) generan baja oferta forrajera para el ganado en pastoreo (Quiroz et al., 2015).

Lo anterior implica que la mayoría de los productores deben delinear estrategias para gestionar estos recursos de manera óptima, con esquemas de conservación (ensilaje o henificado), de suplementación alimenticia, de sistemas de pastoreo rotacional y agrosilvopastoriles (González et al., 2018) para responder estratégicamente a la estacionalidad de la oferta forrajera, tanto en cantidad como en calidad, que se deben complementar con la estimación de cargas animales adecuadas, así como con óptimos períodos de ocupación y descanso de las células de pastoreo. De hecho, en la gestión de estos sistemas de producción de búfalos de doble propósito es conveniente acentuar el manejo planificado de las áreas de pastoreo, ya que esta especie ha demostrado buena adaptación a los modelos intensivos y agrosilvopastoriles, registrando rendimientos superiores que los vacunos (Iglesias et al., 2019).

Otra posibilidad experimentada en distintos ámbitos radica en recurrir a los árboles forrajeros, aprovechando los nativos o estableciendo especies adaptables a medios específicos, de manera planificada para distribuirlos adecuadamente, sea como cercos vivos, sea como fuentes de sombra que es prácticamente indispensable para el desarrollo de los búfalos, especialmente cuando la disposición de charcas es escasa o, de plano, ausente (Marai y Haeeb, 2010). La planeación para establecer los árboles es creciente en sistemas de pastoreo rotacional y debe considerar especies que se adapten al clima tropical y al ramoneo de los búfalos. Esta práctica, además de contribuir al bienestar y alimentación de los búfalos, asiste en la recuperación de suelos, retención de humedad y mejorar la fertilidad, además de favorecer la regulación de la temperatura ambiental (Iglesias et al., 2019).

Para aprovechar arbustos y árboles resulta vital contar con información del medio (clima, suelos, etc.) para que su desarrollo biológico y forrajero cumpla las funciones indispensables en el sistema productivo y, más particularmente, en el sistema de pastoreo a lo largo del año, tratando de que mediante la rotación y el cálculo de cargas animales se programen períodos de pastoreo y descanso de las diferentes células en que se decida o pueda dividir un terreno. Las ventajas de este manejo para el caso concreto de los búfalos tienen evidencias relevantes (Bagella et al., 2020; Barboza, 2011; Caraballoso et al., 2011) que invitan a explorar con más énfasis estas vías, considerando que tienen altas posibilidades de elevar el bienestar animal, la sustentabilidad ambiental, la productividad por animal, así como la rentabilidad de las unidades productivas (Iglesias et al., 2019).

Bibliografía recomendada

  • Napolitano, F.; Mota-Rojas, D.; Guerrero-Legarreta, I.; Orihuela, A. The Latin American River Buffalo, Recent Findings. 3rd ed.; BM Editores: Mexico City, 2020; 1- 1545. https://www.lifescienceglobal.com/journals/journal-of-buffalo-science/97-abstract/jbs/4550-el-bufalo-de-agua-en-latinoamerica-hallazgos-recientes

Para consulta bibliográfica adicional, consulte a los autores.

Artículo publicado en Entorno Ganadero Octubre- Noviembre 2022