Dr. Jorge Francisco Monroy López
Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública. FMVZ-UNAM
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Una de mis primeras alumnas deseaba desarrollar un proyecto de investigación sobre la importancia económica de la aplicación de la medicina preventiva en el control de enfermedades, por lo que me pareció buena idea visitar una conocida cuenca lechera cercana a la ciudad, que tenía una bien ganada fama de contar con gran cantidad de problemas sanitarios.

El responsable de los servicios preventivos veterinarios de la cuenca nos dirigió a uno de los establos que presentaba más alta tasa de brucelosis, cercana al 30%, para que habláramos con el propietario, quien, de forma muy amable, accedió a brindarnos la información requerida para el análisis.

De manera casi simultánea entró a trabajar al establo una joven secretaria, quien no sabía absolutamente nada de vacas, ni de leche y menos de brucelosis, por lo que, para ella, todo era novedoso.

Los vaqueros del establo estaban muy entusiasmados con su presencia y, solícitos, accedían pronto para atender sus ocurrencias y resolver sus dudas.

“¿Qué son estas tarjetas?” preguntaba curiosa ella, y ellos contestaban “Ah señorita, pues cada tarjeta representa una vaca, allí anotamos el número de arete de la vaca, la fecha en que llegó al establo, cuándo se le dio monta o inseminación, cuándo parió, cuánto produce, si se le vacunó, contra qué, o cualquier otra cosa relacionada con cada vaca”.

Ella asentía intrigada y planteaba, divertida e intrigada, nuevas preguntas: “¿Aretes? ¿Las vacas usan aretes?”. “Claro señorita, se los ponemos para identificarlas, aunque al cabo del tiempo acabamos aprendiendo a distinguirlas”.

“¿En serio? ¿Puedo conocerlas?”. “Claro que sí, señorita”, y se peleaban por llevarla a pasear por todo el establo a ver a las vacas y a ver cómo las ordeñaban o hacían manejos sobre ellas.

Aun con toda la atención que recibía la joven señorita, disponía de tiempo libre, así que ordenó las tarjetas, registró el número de cada una en una pizarra que estaba en la pared de su oficina y después quiso conocer a cada vaca, así que cargó con sus tarjetas a la hora de la ordeña y fue separando cada vaca que identificaba. Al finalizar el proceso descubrió algo muy interesante: había tarjetas que no correspondían a ninguna vaca, simplemente la vaca no existía y, extrañamente, había vacas que carecían de tarjeta. Nadie pudo explicarle por qué pasaba eso, así que optó por preguntarle al propietario del establo, quien alzó los hombros y dijo: “Ni idea, pero ya que las identificaste, pide a los muchachos que me separen a las vacas sin tarjeta para mandarlas al rastro y separa las tarjetas sin vaca y mándalas al archivo muerto”.

Así lo hizo, depurando simultáneamente tanto su cajón como el establo, y ocurrió algo verdaderamente sorprendente. Al poco tiempo, cuando tocó la revisión de las vacas para identificar la presencia de brucelosis, resultó que la tasa de la enfermedad descendió al 6%.

Adicionalmente, al obtener los promedios de producción mensual de leche por vaca, éstos se elevaron porque había menos vacas produciendo casi la misma cantidad de leche y, por si esto no fuera poco, la eficiencia alimenticia también mejoró, pues había menos vacas comiendo alimento.

Resulta que las vacas que se fueron eran las más improductivas pues nadie sabía exactamente cuándo habían iniciado su ciclo productivo y es probable que estuvieran dando muy pocos litros de leche y, más importante aún, ellas eran el reservorio de la brucelosis en el establo y, al eliminarlas, las tasas de enfermedad disminuyeron.

La verdad, muchos problemas sanitarios se pueden resolver con un poco de orden y disciplina. El saneamiento ambiental comienza con limpiar, ordenar, tirar lo que no sirve, abrir las ventanas y dejar que entre el aire fresco.

Artículo publicado en Entorno Ganadero Febrero-Marzo 2020

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