Hay cifras que deberían encender más de una alerta. México se perfila para convertirse por tercer año consecutivo en el mayor importador de carne de cerdo del mundo, superando incluso a gigantes consumidores como China y Japón. No es un dato menor: casi la mitad de la carne de cerdo que consumimos provendrá del extranjero.
La explicación inmediata parece positiva. Hay una demanda interna sólida y los consumidores están sustituyendo la carne de res, cuyos precios siguen elevados. Sin embargo, detrás de este liderazgo hay una realidad que merece reflexión: mientras el consumo crece, la producción nacional avanza a un ritmo insuficiente para cubrir el mercado.
La competencia global tampoco da tregua. Países productores como Estados Unidos, Brasil, España y Canadá han fortalecido sus cadenas de suministro y capacidad exportadora, aprovechando economías de escala y mayores niveles de productividad.
México, en cambio, sigue dependiendo de las importaciones para satisfacer una parte fundamental de su consumo.
Paradójicamente, el país muestra mejores perspectivas en la producción bovina, impulsada por las restricciones al ganado en pie hacia Estados Unidos, lo que incrementará la disponibilidad local. La pregunta es si ese mismo impulso podrá replicarse en el sector porcino.
Ser el mayor comprador del mundo puede parecer una señal de fortaleza económica. Pero también revela una dependencia que, en tiempos de volatilidad comercial y geopolítica, podría convertirse en una vulnerabilidad que no conviene ignorar y es ahí donde la secretaría de Agricultura recién asumida por Columba López debe estar ya trabajando.









