Dra. Alejandra Rosales Soto.
Catedrática de la Escuela de Administración y Negocios de CETYS Universidad, Campus Tijuana.
En los últimos dos años, México ha experimentado temperaturas récord y una las peores sequías registradas. Entre 2018 y 2023, el 73.4% de las pérdidas agrícolas se debieron a la sequía, lo que impactó negativamente en cultivos, rendimientos y la economía agrícola rural. Esta es una realidad que está transformando los agronegocios y la forma de producir, pero hay soluciones a la mano para luchar contra este problema.
La sequía es severa
Según datos oficiales, en 2025 cerca del 76% del territorio nacional enfrenta algún grado de sequía, lo que afectará la disponibilidad de agua para riego, el abasto humano y la producción pecuaria. Las reservas del Río Colorado, fuente esencial para el abasto agrícola y urbano del noroeste de México, se mantienen en una situación crítica debido a la sequía prolongada y los bajos niveles en los embalses de la cuenca, tanto en EE.UU. como en México.
En 2021, la precipitación anual en el Valle de Mexicali fue de apenas 196 mm, cifra que representa uno de los registros más bajos en 22 años. Simultáneamente, la sequía y las condiciones hidrológicas adversas en la cuenca han llevado a Estados Unidos y México a aplicar recortes coordinados en la distribución del agua conforme al tratado binacional, con un impacto directo sobre la agricultura y la seguridad alimentaria de Baja California.
Las consecuencias ya son evidentes, reducción del 15-20% en la superficie sembrada, pérdidas multimillonarias en la producción agrícola y, sobre todo, la necesidad de transformar los paradigmas de manejo hídrico. Para 2025, se estima una reducción de hasta 409 millones de metros cúbicos (Mm³) en las entregas a Baja California. Sin embargo, los pronósticos para 2026 no muestran mejoría significativa: de acuerdo con la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA), la Comisión Nacional del Agua (Conagua) y datos de U.S. Bureau of Reclamation, se prevé que, de mantenerse las condiciones hidrológicas, los recortes podrían prolongarse o incluso agravarse.
Frente a este escenario, se vuelve imprescindible replantear la producción agrícola con una nueva óptica, priorizando la optimización del aprovechamiento hídrico y un equilibrio real entre producción y conservación.
Tecnología e innovación
El avance más significativo en la lucha contra la crisis hídrica ha sido el desarrollo de capacidades tecnológicas con la adopción riego tecnificado. El riego por goteo y la microaspersión permiten aplicar agua directamente en la zona radicular del cultivo, reduciendo pérdidas por evaporación y escurrimiento. Esto se traduce en eficiencias del 80-90% frente al 40-50% de los métodos tradicionales como el riego por surcos.
En cuanto a tecnologías emergentes, destaca emplear el Internet de las cosas, IOT (por sus siglas en inglés), mediante la implementación de sensores de humedad de suelo, redes de monitoreo climático y plataformas digitales en sistemas de agricultura protegida como los sistemas de invernadero y macrotúneles. Esto permite ajustar el suministro de agua en tiempo real según las necesidades del cultivo.
Empresas agrotecnológicas en la región han introducido herramientas de inteligencia artificial que procesan datos satelitales y meteorológicos para definir calendarios de riego personalizados, logrando ahorros de hasta 42% en el consumo de agua y energía. Y esto se puede premiar.
El 30 de junio de 2025 la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) marcó un hito al iniciar el proceso de pago a los módulos del Distrito de Riego 014 que participaron en medidas de conservación de agua y transmisión temporal de derechos de riego, conforme al Acta 330. Esta medida recompensa a 18 módulos de riego y a sus usuarios por lograr reservas de agua mediante la reducción voluntaria y eficiente de sus consumos, tras cumplirse todos los requisitos técnicos, económicos y jurídicos bilaterales.
Otras medidas inteligentes
Más allá de la tecnología, el manejo agronómico inteligente es esencial para armonizar entre productividad y conservación. Entre las prácticas destacan:
- Rotación de cultivos y diversificación: Disminuye la presión sobre acuíferos y previene el agotamiento de nutrientes.
- Cobertura vegetal y labranza mínima: Contribuyen a la retención de humedad en el suelo y reducen la temperatura, mitigando el estrés hídrico de las plantas.
- Manejo eficiente del pastoreo: En la ganadería extensiva, el control de cargas animales previene la compactación del suelo y favorece la infiltración de agua, protegiendo manantiales y mantos freáticos.
La adopción de estas buenas prácticas mejora la resiliencia del sistema productivo y reducen la dependencia de insumos y agua externos.
El agua no solo es vital para el campo, sino que representa un costo de producción cada vez mayor. Optimizar el uso de agua -ya sea disminuyendo volúmenes o reutilizándola- reduce gastos variables y estabiliza la operación ante fluctuaciones del suministro.
Ahorrar agua también abre nuevas oportunidades de financiamiento e inversión sustentable. La fórmula es simple, cada metro cúbico de agua ahorrado significa menor factura energética, menor desgaste de equipos y protección de la productividad futura frente a restricciones cada vez más severas.









