Redacción BM Editores.
En un mundo que enfrenta crisis climáticas y presiones productivas, la salud del suelo emerge como una de las urgencias más apremiantes del tiempo, ya que se está poniendo en juego buena parte de la productividad agrícola, la seguridad alimentaria, la economía rural y la capacidad de adaptación de millones de familias que dependen de un recurso vivo que hoy está seriamente amenazado, pero que aún puede regenerarse con ciencia, colaboración y una inversión decidida en soluciones basadas en evidencia.
De cuerdo con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMyT), durante décadas, el suelo agrícola ha sido tratado como si fuera infinito. Los surcos de maíz y trigo continúan produciendo, las cosechas avanzan y la vida prospera sobre una capa que se considera inmutable.
Sin embargo, la ciencia muestra otro panorama: este universo vivo, microscópico y vital está sometido a una degradación acelerada que compromete fertilidad, estabilidad económica de miles de comunidades rurales y la seguridad alimentaria global.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte que hasta un 33% de los suelos del mundo ya están degradados, una condición que reduce directamente su capacidad de proveer alimentos, agua y servicios ecosistémicos esenciales; más aún, mil 660 millones de hectáreas se consideran tierras degradadas por actividades humanas, y mil 700 millones de personas habitan zonas donde los rendimientos agrícolas han disminuido al menos un 10% debido al deterioro del suelo.
En América Latina y el Caribe, la FAO estima que hasta el 75% de los suelos presentan algún grado de degradación, con costos económicos acumulativos que afectan la productividad, los ingresos y el bienestar social.
Bajo la perspectiva del CIMMyT, el suelo es mucho más que un soporte para los cultivos: es infraestructura natural, patrimonio compartido y sostén de los sistemas agroalimentarios. Su capacidad para capturar carbono, regular el agua, amortiguar el impacto de las sequías e inundaciones y sustentar los ecosistemas agrícolas convierte su salud en un factor decisivo para el futuro; la degradación, por el contrario, fragmenta ese sustrato de procesos biológicos y acelera los riesgos productivos y climáticos que enfrentan millones de agricultores.
En las discusiones recientes sobre recarbonización de los suelos, el CIMMyT, junto con instituciones del sector agrícola, actores públicos y privados, y la comunidad científica, destacó que la transición hacia sistemas agroalimentarios de bajas emisiones ya está en marcha. Los avances en manejo eficiente del nitrógeno, agricultura de conservación y prácticas regenerativas muestran que es posible reducir emisiones sin sacrificar productividad ni estabilidad económica.
En esta visión integral, el suelo aparece como un eje decisivo: es allí donde se almacenan nutrientes, se fija carbono, se regula el agua y se construye la resiliencia agrícola frente a un clima más extremo. El manejo inteligente del nitrógeno se perfila como una de las fronteras científicas más relevantes para impulsar sistemas agroalimentarios verdaderamente sostenibles.
En América Latina, donde confluyen territorios ricos en biodiversidad con zonas gravemente erosionadas, la urgencia es evidente. Desde México y en todo el sur global, el suelo enfrenta presiones por uso intensivo, pérdida de cobertura vegetal y clima extremo.
Las iniciativas del CIMMyT han probado que la regeneración es posible mediante agricultura de conservación, diversificación, análisis de suelo, uso inteligente de residuos y acompañamiento técnico continuo. Estos esfuerzos no solo mejoran rendimientos; devuelven vida al suelo, reducen costos de producción y fortalecen economías rurales.
La salud del suelo se ha convertido en un factor estratégico para la seguridad alimentaria. En regiones donde pequeños productores enfrentan más riesgos climáticos que recursos disponibles, el deterioro del suelo se manifiesta en menores cosechas, mayor vulnerabilidad y ciclos productivos frágiles. No es una idea abstracta: es un obstáculo real para producir alimentos.
Un ejemplo concreto se encuentra en Hidalgo, donde el CIMMyT y diversos aliados implementan un modelo que inicia con conocer el suelo a profundidad. Se realizan análisis de fertilidad, estructura y carbono, junto con diagnósticos que orientan recomendaciones técnicas personalizadas, entre ellos, ajustes en labranza, dosis de nutrientes, manejo de residuos y prácticas de conservación están transformando parcelas antes limitadas por degradación. Para muchos productores, mirar su suelo desde esta lente científica ha marcado un antes y un después: comprender que la regeneración es posible, medible y económicamente viable.









